Es una de las preguntas más frecuentes en el mostrador: «¿Me merece la pena un NVMe o con un SATA tengo suficiente?». Vamos por partes.
Las cifras
Un SSD SATA de 2,5″ está limitado por la interfaz a unos 550 MB/s. Un NVMe PCIe 3.0 llega a 3500 MB/s, un PCIe 4.0 a unos 7000 MB/s y los PCIe 5.0 superan los 12.000 MB/s. Sobre el papel, la diferencia es enorme.
Dónde sí se nota
- Copiar archivos grandes: exportar vídeo 4K o mover bibliotecas de fotos RAW se hace en una fracción del tiempo.
- Juegos recientes: los juegos que usan DirectStorage cargan texturas directamente desde el SSD y aprovechan el ancho de banda.
- PS5: la consola exige un NVMe PCIe 4.0 de al menos 5500 MB/s para ampliar el almacenamiento.
Dónde apenas se nota
Arrancar Windows, abrir el navegador o un documento: la diferencia entre un SATA y un NVMe es de décimas de segundo. Lo que realmente transforma un ordenador es pasar de disco duro mecánico a cualquier SSD.
Más allá de la velocidad: TLC, DRAM y TBW
Dos SSD con la misma velocidad máxima pueden comportarse muy distinto. Fíjate en tres datos:
- Tipo de memoria: TLC aguanta mejor las escrituras largas que QLC.
- Caché DRAM: mantiene el rendimiento cuando el disco está lleno o trabajas con muchos archivos pequeños.
- TBW: los terabytes que puedes escribir dentro de la garantía. 600 TBW por cada terabyte de capacidad es una buena cifra.
Compatibilidad
Antes de comprar, comprueba que tu placa o portátil tiene ranura M.2 con soporte NVMe (algunas ranuras M.2 antiguas solo admiten SATA). Si no estás seguro, tráenos el modelo y lo miramos en un momento.
Nuestra recomendación
Para un PC nuevo, un NVMe PCIe 4.0 de 1 o 2 TB con TLC y DRAM: hoy cuesta prácticamente lo mismo que un SATA. Para revivir un portátil de 2016 con ranura SATA, un SSD de 2,5″ sigue siendo una mejora espectacular. Y si quieres, te clonamos el disco antiguo en la tienda por 25 €.

